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7 oct. 2009

La biología de la moralidad (Primer entrega)

El pasado 24 de septiembre el Dr. Omar López Mato brindó en EY una conferencia titulada "La biología de la moral". A continuación resumimos los que consideramos los puntos más importantes del texto que guió la charla.

Solemos creer que los hombres son los únicos seres en este mundo en ejercer la moralidad y que esta fue una creación de la religión. Ambas ideas son falsas. En primer lugar, podemos observar conductas protomorales en los animales, especialmente en aquellos que conviven en grupos, y más concretamente entres los simios superiores. En los monos se observan conductas altruistas y un primitivo espíritu de colaboración, porque han descubierto que más colaboración es más comida y por lo tanto bienestar para todos. Estas conductas también pueden ser apreciadas en delfines, que asisten a sus congéneres enfermos, en ballenas y elefantes. Podríamos afirmar entonces que la moralidad y el altruismo dependen del desarrollo cerebral del animal.

Franz de Waal traza dos sociedades de simios: una, brutal y guerrera, formada por chimpancés y la otra, erótica y pacífica formada por los bonobos (o chimpancés enanos). El ser humano es la mezcla de estas dos condiciones. Los pueblos primitivos, los cazadores del paleolítico, heredaron y desarrollaron ambas características esenciales para su sobrevida. Los principios morales de estos grupos evolucionaron gracias a una selección natural, porque aunque individualmente la moralidad puede no darle ventajas a cada individuo (el altruismo puede costarle la vida), el grupo que cuenta con un mayor standard moral puede verse beneficiado con respecto a otros grupos de cánones menos estrictos.

Para Darwin la moralidad “es un elemento importante para el éxito del grupo”. Este concepto de ética social fue soslayado por los neodarwinistas, que a mediados de los 60´, embanderados tras un liberalismo feroz, aplicaron los principios de la lucha de las especies a estructuras sociales artificiales, priorizando la competencia y olvidando el espíritu colaborativo que el mismo Darwin había enaltecido. A menudo, la sociedad se guía por clichés, y ha sustituido el concepto de la lucha de las especies a “la sobrevida del mejor", concepto que Darwin jamás utilizó pero que sí hizo T. Huxley, quien, al calor del debate con la Iglesia, sentenció: "Preferiría tener un mono de abuelo antes que un obispo que usa sus facultades para ridiculizar a la ciencia". Ni los más rápidos, ni los fuertes son, necesariamente, los que van a sobrevivir; es más probable que sobrevivan los que mejor se adapten, y los que mejor se adaptan al medio son aquellos que saben colaborar con el grupo. Esta revalorización de la colaboración resurgió en las teorías del fundador del anarquismo, Kropotkin, quien durante sus años de reclusión en Siberia pudo estudiar la coordinación de las manadas de lobos y su importancia para el éxito del grupo.
A lo largo de los últimos 20.000 años de humanidad civilizada, ha habido dentro de la sociedad una tendencia a elegir personas menos agresivas como reproductores. La sociedad civilizada no necesita más machos alfa y la agresividad ya no es tan necesaria, al contrario, pasa a ser un alterador del orden social. Consecuentemente, el hombre moderno ha sufrido una reducción en el tamaño de su cráneo (que no implica menos inteligencia), tiene dientes más chicos y mandíbula menos prominente.
Estos cambios físicos van acompañados de cambios bioquímicos: bajos niveles de serotonina en el líquido céfalo raquídeo, es decir menor grado de agresión e impulsividad. La oxitocina, llamada la hormona del abrazo, tiene niveles diferentes entre los chimpancés y los bonobos a pesar de pertenecer a la misma especie. ¿Dónde se producen estos cambios? En el cerebro que también cambia su conformación. El crecimiento del encéfalo de los primates hasta llegar al de los humanos se ha hecho a expensas del lóbulo frontal.

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